Mi día en el trabajo había sido difícil, a las 11 de la mañana recibí su llamada y no pude volver a concentrarme en mis tareas durante el resto de la jornada.
Estaba nervioso. Ella quería hablar conmigo y no quiso contarme sobre qué. El ómnibus se acercaba al lugar de destino a una velocidad impresionante, no parecía un 121. Me temblaban las manos y las tenía muy sudadas, me las limpiaba en el pantalón de gabardina cada dos minutos.
Miraba por la ventana y tenía la sensación de que todas las personas me observaban, me perseguían. Al lado tenía un hombre que emanaba un olor intenso, fuerte, horrible. Creo que era a vino de muy mala calidad. La pareja de atrás se venia peleando, ella le reprochaba que nunca visitaban a sus padres y él intentaba justificarse. Me ayudaron a no sentirme tan solo en ese momento.
Yo ansiaba saber si me iba a decir lo que yo pensaba, ella nunca llamaba con esa voz, cada vez que tenía que decirme algo importante me lo hacía saber con más sutileza, siempre demostraba cariño.
Mi vista volvió a mirar hacia la ventana y por la calle pasó una mujer muy parecida a Belén. La imaginé esperándome en la parada de la esquina de su casa, aunque yo sabía que la charla se iba a dar en el bar de la rambla, en el mismo que años atrás nacía nuestra relación.
Pensé en la inmensa cantidad de trabajo que me había quedado para el próximo día, pero no me importó mucho. Eran las 18 y lentamente sebe un nuevo mate intentando no quemar a mi compañero de asiento. Durante el primer sorbo se me calló una lágrima. No podía hacerme la idea de que me vaya a dejar. Ella pensaba que me porté mal aquella noche. Nunca pensé en llegar a este momento tan duro.
Juntos salimos de muchas adversidades pero esta vez era muy distinto, se veía el fin por todos lados. En el poco diálogo que habíamos tenido me hizo saber que estaba dolida, cosa por la que nunca había pasado. Sentí una impotencia terrible.
Intenté distraerme y miré a mi alrededor a ver si encontraba algún conocido, no quería que nadie me vea al punto del llanto, si bien esa gota cayó en solitario, mi cara debía de expresar toda mi amargura. No reconocí a nadie. Por suerte.
Sin muchas ganas volví a mirar para afuera, noté que faltaban dos paradas y que había comenzado a llover, al igual que a mi, afuera se asomaba una gran tormenta.
No me quería levantar del asiento, no quería bajarme de ese ómnibus por nada en el mundo, olía el ocaso.
Una cuadra antes la vi esperándome, había llegado el momento. Respire hondo, guarde el mate en la mochila, limpié un nuevo lagrimón que bajaba por mi mejilla, pensé en Dios y me enfrenté con el durísimo final.
lunes, 13 de octubre de 2008
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