lunes, 4 de enero de 2010

FANTASEO

Siempre fui tímido con las mujeres. Si no es ella quién rompe el hielo me cuesta horrores soltarme y mostrarme transparente, mi timidez extrema roza lo ridículo y lo poco inteligente.

Pero esa mañana de sol todo era distinto, estaba lejos de casa, viajando con una de esas personas que juraría que tiene mi misma sangre, si no fuera por que sé que tiene otro apellido, caminábamos fervorosamente a pesar de que dormimos poco y mal.

Nos cruzábamos con mucha gente, pero no conversábamos con nadie, por más que las condiciones se prestaban para conocer otras cabezas, comencé a darme cuenta que mi falta de desparpajo trascendía fronteras.

No era una mañana más, y ella hacía que no le preste tanta atención a los increíbles paisajes que me rodeaban: el mediterráneo a lo lejos, castillos maravillosos, mucho verde y un pueblo que descansaba a los pies de una montaña que se va a dormir con unos espectaculares atardeceres y le da paso a las artificiales luces del pueblo, perdiendo increíblemente el protagonismo que tiene cuando el sol comienza a esconderse a su espalda.

Cuando la vi por primera vez todo pasó a ser en cámara lenta, igual que cuando el príncipe de las películas pasa con su caballo por al lado de la hermosa campesina mientras ella, agachada, trabaja la tierra de las verdes praderas de algún antiguo pueblo europeo.

Pero ella no era campesina, ni yo un príncipe y odio andar a caballo, lo único parecido era el verde de ese pueblo, y como mantenía las construcciones viejas, ya entrados en el siglo XXI.

Alta, castaña, peinado a la moda, piernas largas, boca fantasiosa, pestañas llamativas, de mirada angelical pero con el toque de picardía exacto como para despertar el morbo de cualquier hombre que tenga un mínimo de interés y gusto por el sexo femenino.

Pasó por nuestro lado y cualquier ilusión de un cruce de miradas se esfumó como el humo que salía de su cigarro. Aún me duele el cuello de tan brusco movimiento para ver como su espalda se entreveraba entre la masa de turistas que había en aquel lugar.

Nunca voy a olvidar aquel vestido gris, gris claro, sin mangas y hasta poco antes las rodillas, liso, no tenía ni un dibujo, ni una letra, nada. Se movía con su andar al ritmo de una balada de Sabina, sus piernas mecían con total armonía, como si estuviera en una pasarela mostrando el último modelo de Oscar Ruiz. Pero ella mostraba su vestido gris, gris claro, ese que le quedaba increíble, el que ella hacía que valga miles de dólares.

Nosotros estábamos destruidos, pocas horas de sueño arriba de un ómnibus de escasas comodidades y semanas con una dieta basada en refuerzos y cervezas no nos hacían lucir nuestro mejor estado físico. Pero no me importaba en lo más mínimo, hasta que la vi.

Quise ser Brad Pitt, George Clooney o el que a ella le guste, quise saber que quería escuchar, como la tenía que mirar y en que clase de galán de telenovela me tenía que transformar para poder invitarla a comer, tomar, mirar, jugar, caminar.

Siempre fui tímido con las mujeres, al menos al principio. Inconcientemente la buscaba, miraba para todos lados en aquel inmenso lugar, por una simple razón: yo estaba convencido que aquella no era una mañana más.

Casi al término del paseo la ví por cuarta vez en la mañana, sentada, sola, luciendo su vestido gris, gris claro.

Siempre fui tímido con las mujeres, pero tomé la decisión de sentarnos frente a ella, para que vea que estaba ahí, cerca. Por suerte viajaba con una de esas personas que juraría que tiene mi misma sangre, si no fuera por que sé que tiene otro apellido. El rompió el hielo y le robo la primera sonrisa. Luego cada uno fue si mismo durante horas, olvidé querer ser Pitt, Clooney o el elegante galán de telenovelas que conquista todas las mujeres.

Estaba lejos de casa, Dios quiso que ella también lo estuviera. Ahora el barco esta anclando a unos cuantos kilómetros de Montevideo. Más cerca de mi hogar, mucho más del de ella, y yo estoy convencido que este no será un fin de semana más.

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